Desde un punto de vista humano, Pablo tenía todo el derecho de enfadarse porque había quienes predicaban el evangelio motivados más por la envidia que sentían por su ministerio que por amor a la Palabra de Dios (Filipenses 1:15-17). A pesar de ello, este pasaje nos permite ver cómo el apóstol se alegraba de que el evangelio fuera predicado a los ciudadanos de Roma y a penas se fijaba en la motivación equivocada de algunos de esos evangelistas “rivales”. Solamente una cosa puede explicar por qué Pablo era capaz de estar por encima de esta situación —su confianza absoluta en el poder del evangelio. No importa el predicador o la motivación, que el evangelio avance es un motivo de alegría porque siempre cumple el plan que Dios le ha designado.

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