Empecemos por derribar los argumentos de que los mandamientos de Dios tienen el efecto de hacernos miserables. Es una idea mala—y falsa—pensar que cuando Dios ordena algo, lo está haciendo para hacernos infelices o que son simplemente su forma de hacernos ver quién está al mando. El obedecerlos es simplemente sumisión a la autoridad y eso es todo.

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