Se llevó a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, y comenzó a sentirse triste y angustiado.  «Es tal la angustia que me invade, que me siento morir, les dijo, quédense aquí y manténganse despiertos conmigo.» Yendo un poco más allá, se postró sobre su rostro y oró: «Padre mío, si es posible, no me hagas beber este trago amargo. Pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú» Mateo 26:37-39.

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