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Una de las cuestiones más difíciles de la vida es llevar una existencia equilibrada y con un orden de prioridades bien establecidas. Como individuos, debemos saber qué es lo más importante según nuestros principios y normas y encaminarlos a cumplirlos y guardarlos. El corredor y adorador escocés Eric Liddel era uno de esos hombres. Él sabía quién era y qué quería alcanzar. Logró dos medallas en los juegos olímpicos de 1924, una de bronce en los 200 metros planos y una de oro en los 400. Estos éxitos son mucho mayores si analizamos que en ese tiempo, el deporte era un asunto de voluntad, pues ni remotamente contaban con los equipos técnicos de la actualidad. Una de las pasiones de Liddel era correr. Este se sentía realizado cuando lo hacía. Una de las frases que le caracterizaba era: “Cuando corro me siento en la voluntad de Dios, siento su presencia en mí. Si corro, lo hago para el Señor”. Pero su máxima pasión era Jesucristo, por encima de la reputación o la estima del rey de Inglaterra. Se negó a correr un domingo si esto impedía que lo pasara en casa de su Padre Celestial. El domingo era el día de su Señor y nada estorbaría que se ofreciera como sacrificio vivo a éste. ¿Fanático?, Tal vez. O quizá, sólo firme en sus principios y prioridades. Pues das el tesoro de tu corazón, al rey de tu corazón, y el de Eric no era el atletismo. La fe de los cristianos no es negociable, ésta es superior a sus éxitos, fans y hasta mayor que su propia vida. Pero creo, este hombre dejó claro en la historia que se puede ser un buen corredor sin dejar de ser un adorador. Es más, su vida demuestra, que se es mejor corredor cuando se es un verdadero adorador. ¿Qué opinas tú?

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